ecao : corre

Maraton de Sevilla 2012

Por Victor M. Varela


Era Domingo por la mañana. Desperté de miedo. No era una pesadilla, era el día y la hora de mi tercera Maratón de Sevilla (la segunda en chanclas). En la mente un teletipo: TERMINAR DE CUALQUIER MODO. Me enfrentaba a un reto destinado al fracaso, con solo tres semanas de entrenamiento (4 rodajes y menos de 35K en las piernas).

La soledad. Solo estaba cuando me vestí y subí al coche. Solo cuando rodeé mi ciudad y llegué a las proximidades del Estadio Olímpico. Solo cuando aparqué y me relajé tumbado y cerré los ojos unos minutos. Solo salí del coche y, con el mordiente frío de la mañana arrastré las piernas doloridas (del entrenamiento de las últimas semanas). Pero ahí se acabó mi soledad.

Mis amigos, los atletas anónimos y los conocidos, juntos compartimos esta pasión que nos une. Muchos me hablan, se interesan por mí y yo por ellos. A algunos no los recuerdo. Todos me ofrecen su energía, y yo la tomo. Me llevan en volandas los primeros kilómetros. Me cuentan sus historias, gente que empuja carros con sus hijos (algunos enfermos), otros en su primera maratón, otros lesionados (como yo) que cumplen cada año con esta carrera.... entretienen mi dolor, me dan confianza. Voy despacio.  Las piernas siguen agarrotadas pero mi respiración y mi estómago (en ayunas) no me fallan.

El peso de las horas hace efecto sin remedio y en el KM30 siento que no puedo, pero llamo a mi mujer. Le digo que voy despacio. Ella me espera en el KM35. Solo 5KM. No puedo faltar a la cita. Le debo tanto... Paro y orino (sangre), la garganta tambien me sabe a sangre... Pero vuelvo a la carrera inmediatamente, no debo pensar.

Y allí está ella, gritándome llena de alegría, inmune a mi sufrimiento. Ella también se ha embarcado en su propio reto (tras perder 15 kilos en 4 meses, ahora quiere hacer una media maratón). Me pregunta, no le contesto, pero solo tiene que leer mi cara (de todos modos nunca puedo ocultarle nada). Me duelen hasta los pies, ensangrentados. De algún modo llegamos a la calle Torneo, larga y fría como ella sola. No puedo mas y me pongo a caminar justo cuando mi amigo Fernando, autor de El Atleta Sin Memoria, me saluda desde su bicicleta. No me conformé y a pesar de los clavos que sentía hiriendo mis piernas en todas direcciones, eché de nuevo a correr. Cruzamos la Isla de la Cartuja. María me animaba: ¡mira el estadio, lo has conseguido!.



Un par de kilómetros, ¡aguanta!. Aumenté el ritmo, en parte porque quería que todo acabara, y en parte por la euforia fruto de saber que has conseguido algo que desde el principio te pareció imposible. Tras 4 horas de sufrimiento, pisaba el tartán del Estadio Olímpico un loco en chanclas a todo trapo y con una mueca de sonrisa.

Gracias a todos. Ojalá os llegue mi alegría.

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